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BURRO, NO ERA PARA TI LA GLORIA

Por: Rafael Pupo

Lucas 19:30 “diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en frente hallaréis a un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo”
Este es un título que puede causar risa. La verdad es que a mí me causó mucha risa. Mientras escudriñaba este pasaje, mis ojos estaban plasmados en todos los personajes descritos: Un par de discípulos que no entendían bien lo que pasaba, solo recibieron una orden y fueron en busca de aquel a quien Jesús les había ordenado; un dueño del animal que no comprendía, y quizás lleno de preocupación, presta su asnillo; y por último, el asnillo que no tenía idea de lo que estaba ocurriendo. En fin, hacían algo que no comprendían a cabalidad… Casi puedo ver los rostros de todos diciendo, “¿Para qué un asnillo que nadie ha montado?”
Lo cierto es que había un asnillo llamado para hacer una poderosa obra, la cual nunca alguien había imaginado. Además, nunca en la historia se le había otorgado tal honor a un asno, pues eso era algo reservado solo para los grandes y portentosos corceles, después que regresaban de la batalla.
Así que por primera vez a un burro sin experiencia para caminar con alguien sobre sí, , ni conocer los caminos transitados, de un momento a otro comienzan a colocar palmeras para que sus burdos cascos la pisen. Además, comenzó a sentir lo suave de los mantos puestos en sus patas. Estaba gozando de privilegios que nunca nadie de sus antepasados gozó. NADIE LO HABÍA IMAGINADO. El asnito era ahora grande en medio de todos. Casi lo puedo ver sacando pecho, ondulando sus grandes pero hermosas cejas, mirando con aire de corcel a todos, y disfrutando cada paso como el grande en medio de todos. Fue un recorrido de aproximadamente una hora y media, lo suficiente para pensar que nunca terminaría… DE LO QUE NUNCA SE PERCATÓ ES QUE ESA GLORIA NO ERA PARA ÉL…ERA PARA QUIEN ESTABA SOBRE ÉL…
¿No es acaso algo similar, lo que sucede en muchas veces en muchos lugares? A veces suponemos que somos merecedores de gloria y honra, olvidándonos de quien es el verdadero merecedor de ella. La palabra de Dios dice claramente que lo vil del mundo y lo menospreciado escogió él (1 Corintios 1:28). ¿Acaso no era así ese asnillo de Jerusalén?
Es bueno saber por qué somos escogidos en la iglesia. Es tremenda bendición lo que podemos ser a la congregación, cuando desempeñamos nuestros cargos con hermosa maestría; y no se siente nada mal cuando tocamos lo suave de aquellos mantos debajo de nuestros cascos. Pero no podemos olvidar a quien le corresponde realmente esos honores: A nuestro Señor Jesucristo.
Soy una persona que me embeleso viendo la maestría de los que tocan los instrumentos musicales. Me gusta oír voces entonadas en los cantos, y siento gozo al ver como se exigen nuestros músicos para adorar al Rey de Reyes, pero me molesto cuando les veo cantar como profesión, como si la iglesia les debiera el aplauso a ellos, como si ellos no cantan entonces en la iglesia no pasaría nada, no habría bendición.
A través de mi camino en el señor he visto como mantas se han puesto en frente de mí; he visto como en ocasiones las palmas caen a mi paso, y recuerdo una vez en especial cuando se me estaba olvidando para quien era la gloria. Mi padre me dijo unas palabras que nunca se me olvidarán: “RECUERDA QUE LO ÚNICO QUE DIOS NO COMPARTE ES SU GLORIA. Todo lo demás puedes disfrutarlo”. Esas palabras me hicieron poner los pies en el piso, y sentir que no era yo, sino que era quien estaba sobre mí… A JESÚS, A ÉL SEA LA GLORIA.
Grandes predicadores han caído en este grave error sin detenerse a meditar que su forma diestra de exponer la palabra de Dios es gracias y únicamente a Dios, ya que lo que de él se conoce, él lo dio a conocer, su eterno poder y deidad (Romanos1:20). Esas palmas unidas, esas lágrimas en los rostros de quienes son impactados por el mensaje, son gracias a que el Espíritu de Dios ha convencido de pecado. Nuestro estudio, preparación y esfuerzo por sazonar la palabra es lo mínimo que como pastores y predicadores podemos hacer. Lo realmente grande es lo que Dios hace con todo eso, acomodándolo en el corazón de quienes escuchan el mensaje. Nuestra posición realmente como vasos de Dios es solamente ser el recipiente utilizado por él para que la gloria suya sea servida a todos los que oyeren. No sé hasta qué punto pueda tocar las fibras sensibles de tu corazón, pero sé que solamente Dios es el que coloca así el querer.
No quiero ser malinterpretado. Nuestro deber como hijos de Dios es animarnos unos a otros a perseverar en la obra de nuestro gran Dios y salvador Jesucristo. No es malo acercarnos a nuestros predicadores para decirles que lo hicieron bien. Eso es lo mejor que podemos hacer. Además, es bueno tener a nuestros pastores animados, ya que así seremos animados nosotros también. El problema no es que me animen y me digan que lo hice bien. El problema es que YO CREA QUE COMO PREDICADOR ES PARA MÍ ESA GLORIA.
Las palmas, las mantas, los grandes gritos de júbilo, no son para nosotros; son para el campeón del Gólgota, el que hizo la obra magna de nuestra redención.

Como sería la reacción de aquel asnito, cuando todos comenzaron a irse… “Hey, esperen… Aquí estoy… No se vallan… Si quieren puedo caminar mejor o hago algo que les divierta…” Me imagino al burrito pensando que paso. ¿Qué sucedió? Cuál sería su reacción cuando alguien susurró en el camino a casa “BURRRO, NO ERA PARA TI LA GLORIA”.

Tomado del Heraldo Pentecostal