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CUIDADO CON EL ESPÍRITU DE VÍCTIMA



Por: Francisco González
Estamos viviendo hoy en día con un espíritu engañador, el cual nos hace creer que nosotros somos las víctimas y los demás los culpables. El rey David dijo: “¿Quién podrá entender sus propios errores? (Salmo 19:12).

Cuando David volvió de matar al filisteo Goliat, la escritura dice que salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel, cantando y danzando para recibir al rey Saúl: “y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles y David a sus diez miles…y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David” (1 Samuel 18:7-9). Podemos ver que unos cantos cambiaron el corazón de un rey, para vivir frustrado toda su vida, lleno de odio y de amargura en su corazón. Qué pensaría aquel jovencito que defendió a todo un ejército de un gigante, que por cuarenta días estuvo desafiando al pueblo de Israel. Nunca se imaginó que aquella victoria le fuera a causar tantos problemas en su vida. Me conmueve esta historia, y más cuando nosotros somos los culpables y andamos culpando a otros. Nosotros ofendemos y somos los que nos sentimos ofendidos.

En el libro de 1 Samuel 22:7-8 leemos que cuando Saúl tenía a todos sus siervos alrededor de él, les dijo: “Oíd ahora hijos de Benjamín: Os dará también a todos vosotros el hijo de Isaí tierras y viñas, y os hará a todos vosotros jefes de millares y jefes de centenas, para que todos vosotros hayáis conspirado contra mí”. En ningún momento nadie conspiró contra Saúl, pero cuando el espíritu de víctima está en ti, crees que todos están contra ti,  así pensaba Saúl. Miremos 1 Samuel 23:7 “Y fue dado aviso al rey Saúl que había venido a Keila. Entonces dijo Saúl: Dios lo ha entregado en mi mano”; Saúl creía que Dios está en su favor para matar a un joven inocente. En el verso 14 dice que Saúl lo buscaba todos los días pero Dios no lo entregó en sus manos.

En el capítulo 24 miramos como Saúl tomó tres mil hombres para ir en busca de David y matarlo, fueron por las cumbres de los peñascos de las cabras monteses. Mi pregunta es: ¿Por qué tanta injusticia entre nosotros mismos? ¿Por qué no podemos perdonar, cuando él nos perdonó a nosotros? Ahí estaban en la cueva, Saúl y David, el primero para matarlo y el segundo para perdonarlo. En los versos 9 al 11 dijo David a Saúl: ¿Por qué oyes las palabras de los que dicen: mira que David procura tu mal? He aquí han visto hoy tus ojos como Jehová te ha puesto hoy en mis manos en la cueva; y me dijeron que te matase pero te perdoné, porque dije: No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová. Y mira, padre mío, mira la orilla de tu manto en mi mano; porque yo corté la orilla de tu manto, y no te maté. Conoce pues, y ve que no hay mal y traición en mi mano, ni he pecado contra ti; sin embargo, tú andas a caza de mi vida para quitármela”. Entonces Saúl reconoce y le dice estas palabras: “Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal”.

Cuando tomamos la cena del Señor a todo el mundo le pedimos perdón. En el púlpito toman el micrófono y dicen: “Si a alguien he ofendido, le pido que me perdone”. Mi pregunta es: ¿No sabemos a quién ofendemos? Y después de todo seguimos igual. Saúl lloró en el Capítulo 24:16, confesando su pecado contra David; pero su pecado (odio) no se apartó de él. La Biblia dice que el que confiesa su pecado y se aparta de él alcanzará misericordia (Proverbios 28:13).

En el capítulo 26, Saúl se vuelve a levantar con otros tres mil hombres para buscar a David. ¿Quién incitaba a Saúl para capturar a David? Doeg edomita, por culpa de quien murieron 85 inocentes sacerdotes. Hoy está sucediendo lo mismo, hay personas que incitan a otros para satisfacer ese espíritu de víctima. Conocí una triste historia de un pastor, que fue acusado de adulterio y tuvo que dejar la congregación que pastoreaba. Después de un año y medio, la persona que lo difamó y envenenó la mente de muchos cristianos, declaró públicamente que  todo era una vil mentira, planeada por su esposo y familia. La razón por la cual habían hecho esto, era porque el pastor no les simpatizaba mucho, porque nunca les dio un cargo en la iglesia.

Podemos ver que David también fue incitado para matar a Saúl. En el capítulo 24:4 los hombres de  David le dijeron: “He aquí el día de que te dijo Jehová: He aquí que entrego a tu enemigo en tu mano, y harás con él como te pareciere”; pero David actuó muy sabiamente para darles una respuesta a aquellos hombres,  cuyas vidas también estaban en peligro por acompañarle, diciéndoles: “Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor”. En el Capítulo 26:8 vuelven a incitar a David, “Entonces dijo Abisaí a David: Hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tu mano; ahora, pues, déjame que le hiera con la lanza, y lo enclavare en la tierra de un golpe, y no le daré segundo golpe. Y David respondió a Abisai: No le mates; porque ¿Quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová, y será inocente?”

Hermano mío mira a tus enemigos con ojos de misericordia, no los mates espiritualmente. David realmente era el ofendido, pero él se humillaba. Mire sus palabras: “Y David respondió: Mi voz es, rey señor mío. Y dijo: ¿Por qué persigue así mi señor a su siervo? ¿Qué he hecho?” por matar a un gigante, por hacer un bien, por salvar a un ejército, soy perseguido como un perro. Ruego, pues, que el rey mi señor oiga las palabras de su siervo. Si Jehová te incita contra mí, acepte él la ofrenda; más si fueren hijos de hombres, malditos sean ellos en presencia de Jehová” (1 Samuel 26:19).

Deseo terminar este tema, haciendo un llamado a la reflexión, si algo tenemos en contra de alguna persona, mejor nos será que la perdonemos, para qué seguir llenando nuestra alma de tanta amargura como Saúl, un hombre que descendió al sepulcro turbado y atado por el odio, sin alcanzar misericordia, por no haber permitido que el Espíritu de Dios obrara en su vida. Dejemos que el Espíritu de Cristo, de aquel que “…siendo en forma de Dios, no escatimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,  sino que se despojó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8). Si Cristo se humilló por amor a nosotros, no podremos nosotros humillarnos por amor a Cristo y a nuestro hermano (a). Y si alguien nos está incitando en contra de alguien, temamos a Dios con todo nuestro corazón y no prestemos oído a palabras necias, antes considerémonos los unos a los otros en el amor de Cristo. A paz nos llamó el Señor y no a contiendas.

Tomado del Heraldo Pentecostal, Revista N0 70, año 2000. Houston, Texas, Estados Unidos.

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