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¿POBRES O RICOS?



"Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.” (Mateo 5:3 NVI)



Supongamos alguien le pregunta lo que realmente desea de la vida, cual es el deseo más profundo que usted tiene en su corazón. ¿Qué respondería? Podría describir muchas cosas; sin embargo, para muchos, lo más apreciado es la felicidad.

El mundo ha ido a grandes extremos para encontrar la felicidad. Pero en la Biblia se nos relata de alguien que busco ser feliz, el rey Salomón. Este buscó la felicidad por medio de la sabiduría del mundo. ¿A qué conclusión llegó?:

He aquí yo me he engrandecido, y he crecido en sabiduría sobre todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; y mi corazón ha percibido mucha sabiduría y ciencia. Y dediqué mi corazón a conocer la sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos; conocí que aun esto era aflicción de espíritu. Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor (Eclesiastés 1:16–18).

Salomón experimentó con todas las diversiones imaginables, incluido el vino, las mujeres y el canto (Eclesiastés 2:1, 8). Llegó a ser tan inmensamente rico que la “plata, […] no era apreciada” durante sus días (1 Reyes 10:21). Se sentó a disfrutar platillos de bueyes, ovejas, ciervos, gacelas, corzos y aves gordas (1 Reyes 4:22, 23). No se negó nada que creía le podría dar placer (Eclesiastés 2:10). ¿Qué aprendió de todo ello? “… he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu” (verso 11).


La felicidad no la pueden hallar aquellos que estén en el camino equivocado. Los que no estén dispuestos a pagar el precio jamás podrán alcanzarla. Estamos comenzando un estudio de Mateo 5:3– 12. En este texto, encontramos el secreto dado por Dios para la verdadera felicidad. Estos versículos son conocidos como “las Bienaventuranzas”.


En las traducciones más comunes, cada versículo comienza con la palabra “bienaventurados”. La palabra «bienaventurados» es una traducción de la palabra griega “makarios”, que básicamente quiere decir “bendecido y feliz”. No sería una mala traducción usar la palabra “felices” en lugar de “bienaventurados” —como lo consigna la traducción de Phillips:

“¡Qué felices son los de humilde actitud, porque el reino de los cielos les pertenece! ¡Qué felices son los que saben lo que significa el dolor, porque recibirán valor y consuelo! ¡Qué felices son los que no piden nada, porque toda la tierra les pertenece! ¡Qué felices son los que tienen hambre y sed de bondad, porque quedarán totalmente satisfechos! ¡Felices los misericordiosos, porque se les mostrará misericordia! ¡Felices son los totalmente sinceros, porque verán a Dios! ¡Felices los que procuran la paz, porque serán conocidos como hijos de Dios! ¡Felices son los que han sufrido persecución por causa de la bondad, porque el reino de los cielos les pertenece!”.

Sin embargo, tenemos que cuidarnos de no definir las palabras “feliz” y “felicidad” como lo hace el mundo. Esta clase de “felicidad” se ve afectada por las circunstancias en las que nos encontremos. En el Nuevo Testamento, sin embargo, makarios generalmente se refiere «al gozo característico que viene del participar del reino divino», como lo define el Diccionario Teológico del Nuevo Testamento.

La versión AB amplía la primera parte del versículo 3, consignándolo de la siguiente manera:“Bienaventurados (felices, ser envidiados y espiritualmente prósperos —gozosos por la vida y satisfechos por el favor y la salvación de Dios, independientemente de sus condiciones externas) son los pobres en espíritu”. Makarios es una palabra que describe la felicidad verdadera, la felicidad profunda, la felicidad duradera. Permítame reiterar que no la afectan las circunstancias externas; proviene de lo que hay dentro. Me gusta pensar de ella como una felicidad suprema, alcanzable solamente en Dios. ¿Desea usted tener felicidad? Permanezca entonces en este estudio mientras estudiamos ocho requisitos dados por Jesús para tener felicidad real.

Este primer estudio es sobre el primero de los requisitos... ser verdaderamente pobres en espiritu...!!

“Bienaventurados los pobres en espíritu…”.

Muchos de nosotros estamos tan familiarizados con el Sermón del Monte que no somos conscientes del impacto que tuvo que haber tenido en los que lo escucharon por primera vez. Los preceptos de

Jesús fueron tan revolucionarios que, después de cada declaración, probablemente tuvo que hacer una pausa hasta que la multitud se calmara lo suficiente para continuar.

Casi todas las enseñanzas de Cristo eran contrarias a la sabiduría del mundo y el pensamiento judío.

La primera bienaventuranza es un ejemplo de ello, pues dice: “Bienaventurados (felices) los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. En lo que respecta a la sabiduría del mundo, esto va en contra de lo que se considera necesario para “salir adelante” y “ser alguien”. En lo que respecta al pensamiento judío, era contrario a la tradición. Los judíos eran un pueblo orgulloso y se sentían orgullosos de sentirse orgullosos. A todos ellos y a nosotros, Jesús dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu”.

Lo que NO significa ser “pobres en espíritu”.

¿Qué quiso decir Jesús con la frase “pobres en espíritu”? Primeramente, debemos notar que Jesús no dijo: “Bienaventurados los pobres en el bolsillo”. Es cierto que los pobres con respecto a las cosas materiales tienden más a ser pobres en espíritu (considere 1 Corintios 1:26–29 y 1 Timoteo 6:9), sin embargo, es posible ser pobre y aún así tener un espíritu orgulloso y altivo. También, tenemos a los que han sido bendecidos económicamente y son tan humildes y dependientes de Dios como es posible. El dinero no es el factor decisivo. Dios no condena de forma automática la prosperidad ni bendice la pobreza.

También podríamos añadir que Jesús no dijo: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. No es fácil distinguir entre “pobres en espíritu” y “pobres de espíritu”. Algunas de las citas que daremos más adelante indican que los escritores inspirados consideraban que ellos no eran nada. Tenemos que entender que,comparados a un Dios santo, no somos nada; sin embargo, a los ojos de un Dios amoroso, valemos mucho.

Algunos piensan que son pobres en espíritu porque no se aman; de hecho, se desprecian. Esta no es una actitud apropiada para un hijo del Rey. La Biblia enseña que cada alma es valiosa a los ojos de Dios (Mateo 16:26).

Lo que SI significa ser “pobres en espíritu”.

Entonces, ¿qué quiere decir la frase “pobres en espíritu”? La palabra que usó Jesús para “pobres” es “ptochos”. Ptochos no quiere decir simplemente pobres; tiene que ver con ser indigente, estar sumido en la pobreza. Se originó de una palabra que quiere decir “encogerse u ocultarse por miedo” según un diccionario expositivo de palabras del antiguo y nuevo testamento.

Se refiere a “la pobreza total que reduce a las personas a la mendicidad”. Es la palabra usada para describir al mendigo Lázaro, al decir: “Había también un mendigollamado Lázaro, que estaba echado a la puerta [del rico], lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas” (Lucas 16:20, 21). En nuestro país, Chile, estamos familiarizados con tres clases de personas: Están los ricos, los pobres y está la gran “clase media”, donde muchos de nosotros nos encontramos. En tiempos bíblicos había principalmente dos clases de personas: los ricos y los pobres, “los que tienen” y “los que no tienen».

En el texto que nos ocupa, ptochos no se refiere a los que tienen poco, se refiere a los que no tienen nada. Evoca la imagen de un mendigo tumbado al lado de la carretera —un mendigo que depende enteramente de la misericordia de los demás, ¡un mendigo que sabe que no tiene nada y que morirá si nadie le muestra misericordia! Usted y yo tenemos que volvernos mendigos espirituales si queremos ver el reino de los cielos. Tenemos que reconocer que somos espiritualmente indigentes.

Jesús en efecto dijo: “Bienaventurados los que, en su propia estimación de sus capacidades morales y religiosas, son mendigos, dándose cuenta de su desesperación espiritual”. La traducción de Goodspeed consigna: “Bienaventurados los que sienten sus necesidades espirituales…”.

Dios siempre ha querido y elogiado a los que reconocen su necesidad espiritual. David escribió: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:17).

Cuando leemos este versículo, puede que pensemos: “Sin embargo, Dios ordenó los sacrificios de animales en el Antiguo Testamento”. Cuando Salomón dedicó el templo, 120,000 ovejas y 22,000 bueyes fueron sacrificados, además de otros animales, “que por la multitud no se podían contar ni numerar» (1 Reyes 8:5; 63). Dios respondió enviando una nube de gloria que llenó el templo (verso 10). ¿Por qué dice entonces David que “los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado”? Porque el Señor aceptaría los sacrificios de animales solamente si provenían de fieles que tuvieran un corazón contrito y humillado.

Isaías demostró la clase de espíritu que desea Dios. Cuando vio al Santo y Altísimo, vio que él no era nada. Dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque [soy] hombre inmundo de labios, y [habito] en medio de pueblo que tiene labios inmundos” (Isaías 6:5). Más tarde dijo que “todas nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia” (64:6). Cuando veo lo que tengo para ofrecer a mi Señor puro, yo, como Isaías, tengo que decir: “¡Ay de mí!”.

Un buen ejemplo de lo que quiere decir ser “pobres en espíritu” se encuentra en la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9–14). Por un lado, el fariseo se consideraba justo. Reconocía que no tenía defectos espirituales en su persona y no sentía necesidad de ayuda divina. Por otro lado, el publicano era pobre en espíritu. Se dio cuenta de que era un pecador, que necesitaba desesperadamente de la misericordia de Dios. Oró diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (verso 13). Jesús concluyó: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro” (verso 14).

No hay indicios de que el fariseo fuera inexacto en las virtudes que mencionó, sin embargo, su actitud orgullosa lo condenó. Un hombre puede ser limpio en lo moral, honesto en los negocios y generoso al dar y aún así ser rechazado por Dios si no es “pobre en espíritu”.

«… porque de ellos es el reino de los cielos».


Habiendo tomado nota de lo que significa ser “pobres en espíritu”, nos preguntamos: “¿Qué tiene que ver esta clase de espíritu con una felicidad verdadera y duradera?”. Simplemente el hecho de tener una actitud pobre en espíritu puede ayudarnos a encontrar la felicidad. Muchos se sienten miserables porque no cumplen con sus propias expectativas. El que es pobre en espíritu se ha visto honestamente a sí mismo y, como consecuencia, ha puesto su confianza en el Señor y no en sí mismo —y el Señor no lo defraudará. Sin embargo, según nuestro texto, la principal razón por la que los pobres en espíritu pueden ser felices es que tienen una promesa especial, a saber: “… de ellos es el reino de los cielos”.

Esta promesa los sustenta, independientemente de lo que la vida pueda traer.


¿Qué es “el reino de los cielos”?


Lo anterior nos lleva a preguntar: «¿Qué es “el reino de los cielos” y cómo es que ser “pobres en espíritu” nos ayuda a recibirlo?».

Comencemos con la primera parte de la pregunta: «¿Qué es “el reino de los cielos”?». Algunas de las promesas de las bienaventuranzas parecen centrarse en esta vida, mientras que otras parecen estar relacionadas principalmente con la vida venidera. He llegado a la conclusión de que todas las promesas tienen un cumplimiento parcial ahora y un cumplimiento total en el más allá. Esto no es incompatible con la felicidad en general. El hijo de Dios puede conocer una felicidad básica ahora, sin embargo, en esta vida, la felicidad siempre estará acompañada de dolores por vivir en un mundo corrompido por el pecado. Es en el mundo venidero que la felicidad total, pura y sin diluir, será nuestra.

Creo que el cumplimiento aquí como en el más allá ocurre en lo que respecta a la promesa que dice: “… de ellos es el reino de [Dios]”.

La palabra que se traduce como «reino» (basileia) denota «soberanía, poder real, dominio». Como figura retórica, se refiere al «territorio o pueblo sobre el cual gobierna un rey» según Vine.

El reino de Dios se refiere al reinado de Dios. En el Nuevo Testamento, vemos dos usos principales del término “reino”. En primer lugar, está el cuerpo de personas en la tierra sobre el que reinan Dios y Cristo; tales personas son conocidas como la iglesia.

En Mateo 16:18 y 19, Jesús usó los términos “reino” e “iglesia” de manera intercambiable. Cuando somos salvos de los pecados del pasado, Dios nos añade a Su iglesia (Hechos 2:47), lo cual es otra manera de decir que Dios nos traslada al “reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13). (La Reina Valera usa la palabra «iglesia» en Hechos 2:47. Otras traducciones no la usan, sin embargo, el contexto indica que Lucas tenía en mente la iglesia.) A pesar de que ya gozamos de la ciudadanía en el reino de Dios, tenemos que permitirle más y mas al Señor reinar en nuestros corazones.

El segundo uso principal de la palabra “reino” en el Nuevo Testamento es para referirse a la esfera celeste sobre el cual reinan Dios y Cristo (vea 2 Timoteo 4:18), el reino que por lo general llamamos sencillamente “el cielo”. Creo que el texto que nos ocupa nos enseña que solamente los que son “pobres en espíritu” están calificados para ser miembros de la iglesia y que solamente los “pobres en espíritu” pueden tener la esperanza del cielo. Las bendiciones prometidas a los que son miembros de la iglesia de Dios y la anticipación de las bendiciones que se encuentran en el cielo sin duda tienen que contribuir a la felicidad.

¿Cómo nos ayuda a recibir el reino de los cielos el ser «pobres en espíritu»?


Pasamos ahora a la segunda parte de nuestra pregunta que dice: «¿Cómo nos ayuda a recibir el reino de los cielos el ser “pobres en espíritu”?». Recuerde el significado básico de la palabra «reino»; tiene que ver con el reinado de Dios. Nadie estará preparado para poner a Dios en el trono de su corazón sin primero bajarse de ese trono. palabra «reino» en el Nuevo Testamento: Se refiere a la iglesia y al cielo. En primer lugar, observemos cómo el ser pobre en espíritu es esencial para ser miembro de la iglesia. La iglesia es el cuerpo de personas salvas por la sangre de Cristo (vea Efesios 5:23, 25). Siempre enseño un simple ejercicio de contar los cinco dedos de la mano con respecto a lo que tenemos que hacer para ser salvos por la sangre de Cristo, a saber: Tenemos que oír, creer, arrepentirnos, confesar y ser bautizados.

Nadie está listo para oír el evangelio (vea Romanos 10:17) sin que se dé cuenta de que espiritualmente es un indigente. Mientras una persona piensa que se encuentra bien espiritualmente, no tendrá ningún deseo ardiente de salvación. No podremos creer entonces en Jesús ni confesar nuestra fe (vea Juan 3:16; Romanos 10:9-10) mientras confiemos en nuestra propia bondad. ¿Qué del arrepentimiento? La persona que se sienta auto-suficiente es poco probable que crea que necesite arrepentirse de algo. Además, nadie está listo para ser bautizado (Hechos 2:38, 41, 47) hasta que no reconozca su dependencia absoluta de la misericordia de Dios para salvarle. La persona que se bautiza simplemente porque otros lo están haciendo, u otros lo esperan de él, no ha sido bautizada bíblicamente debe creer, arrepentirse, confesar al Señor.

Ocasionalmente, de una persona buena decimos: “Todo lo que necesita es que se bautice”. No, lo que necesita es sentir profundamente que, a pesar de su bondad, no es nada espiritualmente ni tiene nada que ofrecerle a Dios. Entonces, y solamente entonces, estará listo para venir al Señor obedeciendo humildemente.

Finalmente, consideremos el segundo significado primario de la palabra «reino» en el Nuevo Testamento, es decir, el cielo. Jesús dijo: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).


Nadie está preparado para vivir una vida cristiana fiel hasta que sea pobre en espíritu. Cuando Jesús diagnosticó la iglesia de Laodicea, les dijo: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17). Pensaban que no necesitaban de nada, cuando en realidad, necesitaban de todo.

PARA TERMINAR

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Ser bienaventurado es disfrutar de las bendiciones de Dios y, como consecuencia, ser verdadera y profundamente felices, independientemente de las circunstancias externas. Ser “pobres en espíritu” es darse cuenta de que estamos espiritualmente indigentes, un mendigo espiritual depende totalmente de la gracia y misericordia de Dios. “El reino de los cielos” se refiere al reinado de Dios, en la iglesia y en el cielo.

¿Cuál es la única conclusión a la que podemos llegar? Si deseamos ser felices y disfrutar de las bendiciones de Dios, ahora y en la eternidad, tenemos que ser “pobres en espíritu”.


La pregunta que cada uno de nosotros tenemos que hacernos es “¿Soy pobre en espíritu?”. Lo contrario de ser pobre en espíritu es ser “ricos en espíritu”, esto es, ser (como decimos) “engreídos”, sentirnos autosuficientes y estar satisfechos de nosotros mismos. En Lucas 6, Jesús dio otra versión de esta bienaventuranza, que incluye tanto lo positivo y lo negativo. “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios”, “Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo” (versos 20 y 24). Puede que Jesús haya estado haciendo alguna referencia al hecho de que Él era más fácilmente recibido por los económicamente pobres (vea Marcos 12:37), sin embargo, la aplicación más amplia de Sus palabras corresponde a la bienaventuranza de Mateo. Algunos son espiritualmente «pobres» según opinan de ellos mismos, mientras que muchos son «ricos». Los que son ricos en espíritu ya han recibido «todo su consuelo» en esta vida y no tienen nada qué esperar en la eternidad. ¡Qué triste!

A algunos de nosotros no nos agrada admitir que no podemos hacer todo por sí solos, que necesitamos ayuda. Mi mente se remonta a eventos desastrosos en mi infancia, desastres que se produjeron porque me daba vergüenza admitir que no sabía cómo hacer lo que se me había dicho hacer, así que no pedí ayuda. Le ruego, por favor, no se pierda por ser demasiado orgulloso para admitir que no puede ser salvo sin la ayuda de Dios, sin Su gracia ni Su misericordia. Reconozca su miseria espiritual y venga humildemente a Su Señor. Si usted tiene necesidad del amor de Dios, le pido que venga a Él —hoy si es posible.

tomado de www.vuelvenos.org